El endurecimiento de las normas de emisión en Chile y el avance acelerado de la electromovilidad están transformando no solo el parque automotriz, sino también las bases sobre las que operan los seguros para automóviles. La transición hacia modelos más limpios y tecnológicamente avanzados está modificando la forma en que la industria evalúa, previene y gestiona el riesgo.
En los últimos años, el país ha avanzado hacia una regulación ambiental más exigente, alineada con estándares internacionales. La adopción de la normativa Euro 6 —que establece límites más estrictos para contaminantes como óxidos de nitrógeno, material particulado e hidrocarburos— ha impulsado una transformación estructural en la industria. Para cumplir con estos requisitos, los vehículos incorporan sistemas avanzados de control de emisiones, mayor integración electrónica y componentes de alta precisión.
Este salto tecnológico tiene efectos directos en el negocio asegurador. La creciente presencia de sensores, cámaras, radares y módulos electrónicos —muchos de ellos vinculados a sistemas de asistencia a la conducción (ADAS)— ha elevado la sofisticación de los autos y modificado la naturaleza de los siniestros. Lo que antes podía resolverse con el reemplazo de piezas mecánicas hoy puede implicar la sustitución y recalibración de sistemas completos, aumentando la complejidad técnica de los procesos de reparación y liquidación.
A esto se suma una transformación más profunda: el riesgo está dejando de ser predominantemente mecánico para convertirse en uno de carácter tecnológico y basado en datos. La evaluación de daños ya no depende solo de variables visibles o estructurales, sino que exige capacidades técnicas avanzadas, equipamiento de diagnóstico especializado y acceso a información del fabricante.
Por otro lado, esta mayor sofisticación también abre nuevas oportunidades para la prevención y una gestión más precisa del riesgo. La incorporación de sensores, telemetría y sistemas conectados permite acceder a información en tiempo real sobre uso, comportamiento de conducción y desempeño del vehículo, facilitando modelos de evaluación más dinámicos y personalizados.
En este contexto, las aseguradoras comienzan a avanzar hacia esquemas de tarificación más precisos, apoyados en analítica avanzada y comportamiento real de conducción. Esto no solo permite ajustar mejor la evaluación del riesgo, sino también promover una conducción más segura, desarrollar estrategias preventivas y mejorar la experiencia del asegurado.
El avance de la electromovilidad añade una nueva capa de exigencia. Según cifras de la Asociación Nacional Automotriz de Chile (ANAC), las ventas de vehículos livianos y medianos de cero y bajas emisiones alcanzaron 5.893 unidades en marzo, con un crecimiento de 148% respecto al mismo mes del año anterior. En lo que va del año, los modelos electrificados —enchufables y no enchufables— suman 11.910 unidades comercializadas, con un alza de 94,1%.
Desde la perspectiva aseguradora, estas unidades presentan un perfil distinto: cuentan con menos componentes mecánicos tradicionales y dependen en gran medida de baterías de alto costo, sistemas eléctricos complejos y una red de servicio aún limitada y altamente especializada. Esto no solo impacta la gestión de los siniestros, sino también los tiempos de respuesta y disponibilidad de reparación, debido a la creciente exigencia técnica que requieren este tipo de vehículos.
“Un vehículo híbrido o eléctrico no debiera asegurarse bajo la misma lógica que uno convencional. Sus componentes, su tecnología y el tipo de siniestros que puede enfrentar requieren una evaluación distinta”, afirma Sebastián Ozimica, director de la Asociación Gremial de Corredores de Seguros de Chile (ACOSEG).
En respuesta, comienzan a desarrollarse pólizas más específicas, que incorporan coberturas diferenciadas como protección de baterías, sistemas electrónicos, asistencia especializada en ruta y acceso a redes de reparación certificadas. Estas soluciones buscan adaptarse a un escenario donde la tecnología del vehículo influye cada vez más en la evaluación y administración del riesgo.
Para el ecosistema insurtech, esto representa una oportunidad concreta de generación de valor. La creciente sofisticación de los autos no solo incrementa las exigencias técnicas de la industria, sino que también amplía las posibilidades de prevención. El uso de telemetría, inteligencia artificial, analítica avanzada e integración con datos del vehículo permite anticipar fallas, detectar patrones de riesgo y avanzar hacia modelos de seguros más personalizados, preventivos y eficientes.
Asimismo, la automatización de procesos, el uso de imágenes para la evaluación de daños y la conexión directa con redes de servicio especializadas están redefiniendo la operación aseguradora. La eficiencia en la liquidación, la reducción de tiempos de respuesta y la trazabilidad del proceso se vuelven factores críticos en un entorno donde la tecnología ya no es un complemento, sino parte central del negocio.
El fortalecimiento de las normas ambientales y el avance de la electromovilidad representan un paso relevante hacia una movilidad más sostenible. Sin embargo, también están redefiniendo el seguro automotor en su esencia. Lo que antes era un producto basado en daños visibles y riesgos mecánicos, hoy evoluciona hacia un modelo donde predominan la conectividad, sistemas electrónicos, datos y la capacidad de anticiparse al riesgo.
La adaptación deja de ser una ventaja competitiva para convertirse en una condición base. Las aseguradoras y las insurtechs que logren integrar tecnología, especialización técnica y modelos de negocio flexibles estarán mejor posicionadas para enfrentar una transformación que ya está en curso y que seguirá profundizándose en los próximos años.